La película se titula Barça contra Barça. Amén de su aplastante calidad, el Barça sigue siendo un grupo que sobrevive por su relación con la pelota, pero se difumina porque empieza a abandonar aquello que le hacía imparable. No presiona la salida de la pelota, no tiene profundidad, adolece de quinta velocidad en el área, y termina los partidos fatigado, abúlico, casi a merced de equipos como el Valladolid. Y si con la orquesta desafinada, Rijkaard templa la gaita en vez de soplarla, resulta que flota en el aire que en este equipo juegan los que pueden, pero no los que deben. Hecho: Cambiar a Bojan Krkic es más fácil que cambiar a Ronaldinho. Hecho: sin Deco, el Barcelona no tiene garra. Hecho: si un pesimista es un optimista bien informado, esta versión del Barça invita a ser pesimista. Su crimen fue ser poco ambicioso. Su castigo, ceder dos puntos.
Sacó humo la pizarra de Mendilíbar y el Valladolid se lanzó a por la yugular de un Barça timorato, contemplativo, y que no terminaba de encontrar a Leo Messi. Un centro del campo poblado, con Vivar de eje, Sisi ejerciendo de puñal por derecha y Kome en todos los sitios. Esa fue la fórmula que convenció al Barça de que podría salir escaldado del pleito en Pucela. Valdés sacó dos manos tipo Mazinger Z para maquillar la pesadez azulgrana, pero Llorente sí abrió brecha a la media hora y Rijkaard no daba con la tecla. El caso es que, paradojas de la vida, al Barça pareció irle la marcha y tanto Iniesta como Xavi se obligaron a ejercer de arquitectos. Es decir, el Barça volvió a recuperar su bien más preciado, la pelota. Sin mucho brillo pero con más presencia, Messi dejó algún chispazo y Bojan se animó con un par de recortes. Dos signos que fueron antesala del gol de Ronaldinho, que descubrió un espacio a la espalda de García Calvo y puso el balón lejos de los tentáculos de pulpo del veterano Alberto.
El segundo asalto tampoco fue nada del otro jueves. El Pucela echó el corazón por la boca, tuvo arrestos para ganar la linea de tres cuartos azulgrana y dispuso de un buen puñado de ocasiones que, para desgracia de Mendilíbar, cayeron en saco roto, como el día del Real Madrid. Suficiente coartada para que el Barça se amodorrara en la nada, cayera en la autocomplacencia y se dejara llevar. Sólo Iniesta pareció encontrar ambición en un equipo donde Leo Messi estuvo desaparecido en combate y donde Ronaldinho, amén del gol, tampoco estuvo precisamente brillante. Xavi y Touré, fatigados, nunca pudieron imponer su ley con la pelota. La única noticia agradable fue la aparición de Bojan Krkic, ese niño de aire abutragueñado, que fue el único en fabricar fútbol y dejar destellos de clase, firmando incluso un disparo repelido por la madera. Un vitae suficiente para haberse ganado seguir en el césped. Pero como la noche iba de conformismo, de políticas correctas y tratados de diplomacia, Rijkaard apostó por quedar bien con el mundo. No se atrevió a cambiar a Ronaldino. Tampoco a Messi. El bueno de Frank, un holandés al que le gusta hacerse el sueco, prefirió relevar a Bojan, el culé más incisivo. Su premio fue una palmadita en la espalda. Ahí murió el punch del Barça, y nació un partido malo, trabado, donde el Valladolid incluso pudo haberse llevado el combate por nocaut.
Las leyes del fútbol cuentan que en campos como Zorrilla se ganan y se pierden las Ligas. El veredicto arrojó tablas, pero el Barcelona se marchó a la ducha con doble motivo para la preocupación. Primero por estética, por caer en la autocomplacencia y por no ser ambicioso. Segundo, porque existe la sensación de que en este Barça no juegan los que deben, sino los que pueden. Y esa enfermedad tiene mal tratamiento.
fuente: http://elhacha.wordpress.com
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